Creativa

El cubo de basura, el escurreplatos y otros objetos que también decoran una casa

Al decorar una casa, solemos fijarnos en las piezas que están ahí precisamente para llamar la atención: el sofá del salón, una lámpara especial, el cuadro de una pared o esa mesa que se convierte en el centro del comedor. Son los elementos que elegimos con una intención estética clara y sobre los que normalmente concentramos buena parte del presupuesto y del esfuerzo. Sin embargo, una vivienda está llena de muchas otras cosas que también vemos —y utilizamos— todos los días. El escurreplatos de la cocina, el paragüero de la entrada, la papelera del baño, los dispensadores de jabón, las perchas, el tendedero o incluso el cubo de basura ocupan un lugar físico y, por tanto, también participan en la imagen general del espacio. Aunque no los consideremos objetos decorativos, forman parte de lo que percibimos cuando entramos en una habitación.

Ahí está una de las claves de los interiores que parecen especialmente cuidados: no todo tiene que ser espectacular, pero sí existir cierta coherencia entre las distintas piezas. Un cubo de basura de plástico colocado en una cocina de líneas muy depuradas puede llamar más la atención de lo que pensamos, igual que un escurreplatos demasiado voluminoso puede romper visualmente una encimera perfectamente ordenada. No porque esos objetos sean importantes por sí mismos, sino porque lo cotidiano acaba teniendo tanto peso como lo excepcional cuando convivimos con ello todos los días.

Por supuesto, no insinuamos que haya que convertir la casa en un escaparate ni esconder todo aquello que tenga una función práctica. Al contrario: una vivienda tiene que poder utilizarse cómodamente. Se trata más bien de entender que los objetos funcionales también pueden elegirse teniendo en cuenta su forma, sus materiales, sus proporciones y la relación que mantienen con el resto de la estancia.

Y esa mirada está cambiando incluso la forma de diseñar algunos productos. Cada vez encontramos más objetos domésticos en los que funcionalidad y estética van de la mano: desde papeleras y cubos de basura con diseños cuidados hasta pequeños electrodomésticos, accesorios de cocina o elementos de organización que ya no intentan desaparecer, sino integrarse en el ambiente de la casa. Porque decorar no consiste únicamente en decidir qué queremos que destaque. También consiste en decidir qué queremos ver cada día y cómo queremos que conviva todo lo demás.

Por qué los objetos, y no solo los muebles, definen un espacio

 

Como explican los profesionales de Sergio Nisticò, los objetos cumplen en interiorismo una doble función: decorativa y práctica, y tienen un papel fundamental a la hora de aportar carácter y estilo a un espacio. Y aquí aparece una idea clave: que algo tenga una función concreta no significa que deje de formar parte de la decoración. De hecho, buena parte de la sensación de armonía que transmite un interior no procede únicamente de haber elegido bien los muebles principales, sino de que las piezas secundarias no entren constantemente en conflicto con ellos.

Esta relación entre los objetos cotidianos y la identidad de una vivienda también se ha estudiado desde los ámbitos académicos. Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid sobre la concepción de la vivienda y sus objetos recoge una distinción habitual en nuestra psicología: la diferencia entre una vivienda entendida como estructura física y un hogar como espacio cargado de significados culturales, personales y psicológicos.

Y ahí los objetos tienen mucho que decir. Son los que cuentan parte de la historia de quienes viven allí: los libros que se dejan a la vista, una vajilla determinada, las fotografías, pero también los pequeños elementos que utilizamos todos los días. Algunos se escogen expresamente porque nos gustan y otros simplemente aparecen con el tiempo, pero todos terminan formando parte del paisaje doméstico. Por eso, pensar en la decoración de una casa también implica preguntarse qué objetos van a acompañarnos y cómo queremos que se vea aquello que utilizamos todos los días, incluso cuando se trata de cosas tan poco glamurosas como una papelera o un cubo de basura.

Cómo integrar lo funcional sin renunciar al estilo

 

Pensar que todos los objetos de una casa cuentan no significa que haya que convertir cada compra cotidiana en una decisión de interiorismo ni, mucho menos, que haya que gastar más dinero. Se trata simplemente de aplicar una cierta coherencia: si dedicamos tiempo a elegir los muebles, los colores y los materiales de una estancia, tiene sentido prestar también algo de atención a aquello que vamos a utilizar y tener a la vista todos los días.

Hay varias formas de conseguirlo:

Elegir materiales y acabados que dialoguen con el espacio. Un objeto no tiene por qué ser exactamente del mismo estilo que el resto de la habitación, pero sí puede compartir alguno de sus materiales, colores o acabados. Un cubo de basura de acero inoxidable, por ejemplo, puede integrarse con naturalidad en una cocina contemporánea, mientras que los acabados mate, los tonos tierra o materiales como la madera pueden funcionar mejor en ambientes más cálidos y tradicionales. La clave está en evitar que el objeto parezca haber llegado de otra casa.

Ocultar lo que realmente no aporta nada cuando está a la vista. Hay elementos cuya presencia resulta inevitable, pero no necesariamente tienen que ocupar un lugar protagonista. Es lo que ocurre con los cubos de reciclaje integrados en los muebles de cocina, los enchufes ocultos o los sistemas de almacenaje diseñados para mantener determinados objetos fuera de la vista. En estos casos, esconderlos no es una cuestión puramente estética: también ayuda a mantener una mayor sensación de orden.

Cuidar los pequeños objetos que aparecen en las zonas más transitadas. La entrada, la cocina y el baño acumulan especialmente este tipo de elementos. Un paragüero, un zapatero, una papelera, un dispensador de jabón o un cesto para la ropa pueden parecer detalles insignificantes por separado, pero su presencia constante hace que terminen teniendo bastante peso en el conjunto. Elegirlos de forma coordinada puede cambiar la sensación general de una estancia sin necesidad de hacer ninguna reforma.

Crear cierta repetición para dar sensación de conjunto. No hace falta que todos los objetos sean iguales, pero repetir determinados materiales, colores o formas ayuda a que piezas muy diferentes parezcan pertenecer al mismo espacio. Si una cocina incorpora madera en los muebles, por ejemplo, pequeños elementos en ese mismo material pueden reforzar la sensación de continuidad. Lo mismo ocurre con los metales, los acabados negros, los tonos piedra o determinados colores que aparecen en distintos puntos de la habitación. Son pequeños vínculos visuales que hacen que el conjunto resulte más cohesionado.

No tener miedo a enseñar lo que tiene un diseño interesante. Integrar un objeto no siempre significa esconderlo. Cuando una pieza funcional está bien resuelta, puede convertirse en parte del ambiente: un cesto de fibras naturales, una escoba de diseño tradicional, o una vajilla bonita pueden estar perfectamente a la vista. La diferencia está en que parezcan una elección y no algo que simplemente hemos colocado porque no sabíamos dónde guardarlo.

Priorizar la proporción y el orden. A veces el problema no está en el objeto, sino en su tamaño o en la cantidad de cosas que acumulamos. Un cubo demasiado grande en una cocina pequeña, un perchero saturado en la entrada o un cesto de ropa que ocupa media habitación pueden llamar la atención aunque estén perfectamente escogidos. Antes de buscar una pieza más bonita, conviene preguntarse si realmente necesitamos ese tamaño, esa cantidad o ese objeto permanentemente a la vista.

No sacrificar la comodidad por la estética. Un objeto puede encajar perfectamente con la decoración y, sin embargo, ser una mala elección para el día a día. Un cubo de basura demasiado pequeño, un paragüero incómodo de utilizar o un cesto que obliga a mover media habitación cada vez que queremos usarlo acabarán resultando molestos por muy bien que queden. En los objetos funcionales, el diseño tiene que acompañar a la utilidad, no sustituirla. Si una pieza facilita la vida y además encaja visualmente con el espacio, entonces sí estamos ante una buena elección.

Al final, se trata de algo bastante sencillo: no hace falta que todo en una casa sea decorativo, pero sí conviene que aquello que vemos y utilizamos constantemente tenga sentido dentro del espacio. A veces bastará con elegirlo mejor; otras, con encontrar la manera de guardarlo. Y en algunos casos, simplemente habrá que asumir que un objeto tan cotidiano como un cubo de basura también puede formar parte de la personalidad de una cocina.

Decorar de verdad significa cuidar hasta el último detalle

 

Al final, la idea de que «todo cuenta» en la decoración de una casa no significa que cada objeto tenga que ser espectacular ni que haya que convertir la vivienda en una exposición de diseño. Significa que todo aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana acaba formando parte también del espacio que habitamos.

Esta idea conecta incluso con algunas de las tendencias decorativas que han ido ganando presencia en los últimos años. Es el caso del cluttercore, una estética que se aleja deliberadamente del minimalismo y reivindica los espacios llenos de objetos personales, recuerdos, libros, colecciones y pequeños elementos que hablan de quienes viven en ellos. La clave está precisamente en que no se trata de acumular sin más, sino de crear una composición intencionada y con personalidad.

El término cluttercore empezó a popularizarse especialmente en redes sociales como TikTok, Instagram o Pinterest, donde miles de usuarios comenzaron a compartir habitaciones y casas deliberadamente alejadas de los interiores minimalistas y despejados que habían dominado buena parte de la decoración durante años. Después de una etapa marcada por casas muy despejadas, colores neutros y muebles de líneas sencillas, el cluttercore recupera algo que el minimalismo había dejado en segundo plano:la personalidad de quien vive en la casa. No busca necesariamente que todo combine de manera perfecta, sino que el espacio cuente algo sobre su propietario y tenga ese aspecto de casa vivida que resulta difícil conseguir cuando todo parece elegido para una fotografía.

Y aunque nadie necesita convertir su casa al cluttercore, el concepto sirve para entender algo importante: los objetos no tienen por qué desaparecer para que una casa esté bien decorada. También pueden aportar identidad, hacer que un espacio resulte más vivido y conseguir que deje de parecer intercambiable con cualquier otro interior.

Quizá esa sea, en realidad, una de las diferencias entre amueblar una casa y decorarla. Amueblar consiste en resolver las necesidades básicas de un espacio: dónde sentarse, dónde comer, dónde guardar las cosas. Decorar implica ir un poco más allá y decidir cómo queremos que convivan todas esas piezas entre sí, incluidas las que normalmente ni siquiera consideramos decorativas. Porque una casa no se disfruta únicamente cuando está ordenada y preparada para una fotografía. Se disfruta cuando funciona un lunes por la mañana, cuando llegamos cargados de bolsas, cuando dejamos las llaves en la entrada o cuando tiramos la basura después de cenar. Y precisamente en esos momentos cotidianos es donde todos esos objetos aparentemente secundarios empiezan a formar parte de la identidad del hogar. Al final, decorar también consiste en eso: conseguir que lo necesario encaje con lo que queremos que nuestra casa transmita. Incluso cuando hablamos del cubo de basura.

 

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